Leon
Tolstoi fue un novelista ruso de muy buena consideración en el panorama de los
más grandes escritores de occidente y de la literatura mundial. Sus más famosas
obras son Guerra y Paz y Anna Karénina, y son tenidas como la
cúspide del realismo ruso.
“¡Tres días de horribles sufrimientos y luego la muerte! ¡Pero si eso
puede también ocurrirme a mí de repente, ahora mismo!» -pensó, y durante un
momento quedó espantado. Pero en seguida, sin saber por qué, vino en su ayuda
la noción habitual, a saber, que eso le había pasado a Ivan Ilich y no a él,
que eso no debería ni podría pasarle a él, y que pensar de otro modo sería dar
pie a la depresión...” (pág. 4)
Con esta frase, Pyotr Ivanovich nos introduce en la
problemática de la muerte al mismo tiempo que nos muestra un pensamiento
universal y genérico que experimenta el ser humano. Pero, ¿esto siempre es así?
Aceptamos de tan buen agrado una falacia tan inconsciente pues no aceptamos la
circunstancia de nuestra propia muerte y debemos mentalizarnos sobre este hecho
porque, según dice Pyotr Ivanovich: “pensar de otro modo sería dar pie a la
depresión”.
Pero, aquí no acaba el asunto que nos atañe, sino que el
moribundo y enfermo Ivan Ilich inicia en sus últimos momentos de vida una
reflexión de carácter ancestral sobre la muerta a la par que una visión
narcisista de la misma. Inicia con una tesis:”Cuando yo ya no exista, ¿qué
habrá? No habrá nada. Entonces ¿dónde estaré cuando ya no exista? ¿Es esto
morirse? No, no quiero.”
Después, habiendo plantado la semilla de la duda en nuestros
corazones, dentro de un sentido meramente explícito, introduce la segunda parte
de la cuestión, la soledad, a través de una serie de símbolos que nos hacen ver
que aparentemente se prepara para la inevitabilidad del fin de sus días a lo
mismo que, de manera burlesca e irreverente, les manda a sus conocidos al
declarar:
“¿Para qué? Da lo mismo -se dijo, mirando la oscuridad con ojos muy
abiertos-. La muerte. Sí, la muerte. Y ésos no lo saben ni quieren saberlo, y
no me tienen lástima. Ahora están tocando el piano. (Oía a través de la puerta
el sonido de una voz y su acompañamiento.) A ellos no les importa, pero también
morirán. ¡ldiotas!” (pág. 15)
Tras ver primeramente esta visión de la soledad, en la que nos
llegamos a hundir en la más profunda inmensidad de la condición humana, solo
podemos ver “oscuridad con los ojos abiertos”, lo que se podría interpretar
mismamente como una actitud pesimista provocada por el dolor que le provoca
aquella enfermedad que parece que los médicos diagnostican usando el mismo modo
que un ludópata al jugar a la ruleta (escogiendo lo que parecería más lógico
sin tener en cuenta datos empíricos).
A continuación, continua burlándose de aquellos que le rodean
y observan hasta el momento de su muerte sin sentir ningún tipo de empatía por
él al pensar de manera ególatra: “Yo primero y luego ellos, pero a ellos les
pasará lo mismo. Y ahora tan contentos... los muy bestias.”. Actitud ante la cual
solo podremos reaccionar de dos modos: o bien, inconscientemente, sentir pena,
lástima, misericordia, ante su situación, o, de modo más grotesco e idealista,
reírnos ante tal afirmación y entender de manera más intrínsecamente el
significado –crease o no- de su apatía provocada por la soledad que va ligada a
cualquier enfermo, persona mayor o discapacitado que incentiva ésta, nuestra
sociedad.
Oh, vaya, y cuando parece que ya no podría sorprendernos de
otro modo, a pesar de que conocemos a Ivan Ilich y su afición por la lectura
observamos cómo a través de una figura tan intrínseca de la lógica, usada en
las reflexiones filosóficas desde Aristóteles, como es el silogismo nos explica
por qué él es especial y no un humano cualquiera a través del silogismo aprendido
en la Lógica de Kiezewetter[1]:
“«Cayo es un ser humano, los seres humanos son mortales, por consiguiente
Cayo es mortal», le había parecido legítimo únicamente con relación a Cayo,
pero de ninguna manera con relación a sí mismo. Que Cayo -ser humano en
abstracto-fuese mortal le parecía enteramente justo; pero él no era Cayo, ni
era un hombre abstracto, sino un hombre concreto, una criatura distinta de
todas las demás: él había sido el pequeño Vanya para su papá y su mamá, para
Mitya y Volodya, para sus juguetes, para el cochero y la niñera, y más tarde
para Katenka, con todas las alegrías y tristezas y todos los entusiasmos de la
infancia, la adolescencia y la juventud.” (pág. 16)
Ante
tal afirmación, continua sigue sin mentalizarse de su propia mortalidad y sufre
ante tal suceso, como demuestra al lanzar al aire su conclusión:
“Cayo era efectivamente mortal y era justo que muriese, pero «en mi caso
-se decía-, en el caso de Vanya, de Ivan Ilich, con todas mis ideas y
emociones, la cosa es bien distinta, y no es posible que tenga que morirme. Eso
sería demasiado horrible.” (pág. 16)
Ivan
Ilich no logra entenderlo. “¡No puede ser! ¡No puede ser, pero es! ¿Cómo
es posible? ¿Cómo entenderlo?” ¿Qué hay que entender? La muerte es el juez
supremo de la naturaleza que elige y juzga para recordarnos el tan afamado
tópico literario medieval del tempus
fugit. No avisa, ni hay por qué entenderla, solo llega.
“El mayor tormento de Ivan Ilich era la mentira…”. Esa mentira
–si es que alguien se la imagina- no es más que la obcecación del ser humano
por no querer aceptar la realidad que los rodea y los lleva a inventarse mundos
imaginarios en el que todo está bien y se comporta a placer. Por muy cínico que
pueda parecer, es un hecho.
Fruto de esa soledad que se apega al pensamiento y la realidad
de nuestro Ivan Ilich “lo que más anhelaba […] era que alguien le tuviese
lástima como se le tiene lástima a un niño enfermo”, consideración que, si no
por subconsciente, por naturaleza viene aferrada al modo de pensar de cualquier
persona. ¿Quién – y lo digo con absoluta sinceridad- no ha deseado tener cerca
de sí a algún familiar, amigo, conocido, que se compadeciese de él y le
brindase lo que es una gracia o caricia de comprensión al estar enfermo?
La soledad que padece Ivan Ilich solo se ve solventada en
ciertas ocasiones por la presencia de su buen criado Gerasim pues “únicamente
Gerasim se hacía cargo de ella y le tenía lástima; y por eso Ivan Ilich se
sentía a gusto sólo con él”.
El pensamiento de nuestro protagonista avanza, como no es
menos de una persona tan lúcida y versada, y llega a comprender al final de su
propia vida lo que significa verse ligado sin escapatoria alguna a un enfermo
al pensar en sus adentro debido a su falta de fuerza: “«Sí, los estoy
atormentando a todos -pensó-. Les tengo lástima, pero será mejor para ellos
cuando me muera.» Quería decirles eso, pero no tenía fuerza bastante para
articular las palabras. « ¿Pero, en fin de cuentas, para qué hablar? Lo que
debo es hacer»”
Así, de este modo, la vida del que fue en día un ilustre
abogado y juez, llegado el momento, se apaga cual cirio expuesto en una mampara
de cristal y arroja un puñado de verdad: “«Éste es el fin de la muerte» -se
dijo-. «La muerte ya no existe.»”. Con estas afirmaciones nos demuestra que la
problemática de la muerte mientras uno sigue vivo acaba en el mismo momento de
la muerte.
En definitiva, Ivan Ilich demuestra en su ser todas las
premisas sobre la muerte y la soledad que tanto cautivan al ser humano. Por lo
tanto, este personaje, fruto de la imaginación del genial Lev Nikoláievich
Tolstoi, nos demuestra todo el potencial de la problemática del asunto.
[1]
Economista alemán nacido en 1939 que también desarrolló la labor de la historia
social y la filosofía, asunto que nos atañe en este momento.
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